Construir entornos seguros implica mucho más que cumplir protocolos. Significa crear espacios donde niños, adolescentes y jóvenes puedan desarrollarse en un clima de respeto, confianza y cuidado, haciendo de la protección de las personas una dimensión esencial de la misión pastoral.

La sesión profundizó en los elementos que caracterizan una comunidad segura: la presencia responsable de los educadores, el respeto a los límites, la transparencia en las relaciones y la existencia de canales que permitan escuchar y acompañar a las personas más vulnerables. También se reflexionó sobre prácticas que favorecen una cultura preventiva y sobre aquellas dinámicas que pueden generar dependencia, aislamiento o falta de supervisión.
Asimismo, se abordó la construcción progresiva de una cultura del cuidado, que parte del cumplimiento de la normativa y avanza hacia comunidades donde la prevención, la corresponsabilidad, la formación continua y el acompañamiento forman parte de la vida cotidiana.
La formación destacó también la importancia de la escucha activa, la detección de situaciones de riesgo, el trabajo en equipo y la rendición de cuentas como herramientas fundamentales para garantizar espacios pastorales más seguros y saludables. La conclusión fue clara: el cuidado no es responsabilidad de una sola persona, sino de toda la comunidad.
La formación fue impartida por Marina Pinto, de la Delegación de Jóvenes.